Dos periodistas del suplemento Crónica (El Mundo) hacen la etapa más peligrosa y ven cómo la suspensión de la prueba por las supuestas amenazas de Al Qaeda ha arruinado a los más pobres entre los pobres. Incluso reparten medicinas en una improvisada misión.

MecánicoTexto: Juan Carlos de la Cal/Fotos: José F. Ferrer

El miedo se masca como una tormenta de arena en Chinguetti. Miedo al hambre, miedo a la pobreza, miedo al vacío. Miedo a quedarse solos de nuevo. Tras 13 siglos organizando caravanas por todo el desierto, la población más antigua de Mauritania ha perdido su enlace con la última. Porque este año el rally que hace una década la rescató del olvido, el Dakar, no ha pasado por sus arenas. Y puede que no lo haga más. Otro miedo, el de los occidentales a sufrir un ataque de Al Qaeda, les ha helado la existencia a sus pobres moradores. Argentina y Chile negocian ya con París el desarrollo de un nuevo rally dentro de sus fronteras.

La carrera más famosa del mundo, debería de haber llegado hoy al lago Rosa de la capital senegalesa. Hubiera sido una gran fiesta para sus supervivientes. Atrás habrían quedado dos semanas de competición por cinco países, miles de kilómetros por el desierto y un balance de victorias y derrotas que ya nadie podrá hacer. En él se habrían recordado a los participantes accidentados, a los locales atropellados, a los que simplemente por llegar ya habrían ganado y a los que se quedaron en el camino. Una historia de ganadores y perdedores. Como todas las de la vida. Aunque, en esta ocasión, -polémicas aparte sobre la conveniencia o no de este rally- los verdaderos perdedores sean los africanos que dependían de él para comer.

¿Qué ha sido de ellos? Los periodistas de Crónica decidimos viajar a la peligrosa Mauritania, el país sobre el que el gobierno francés ha cargado la responsabilidad de la suspensión del rally, para recorrer simbólicamente una de las ocho etapas previstas en su territorio. Nuestro plan inicial era ir desde la capital, Nouakchott, hasta Attar, en el interior del país, 500 kilómetros de puro desierto aunque por carretera asfaltada. Durante los preparativos nos enteramos de que la Fundación Repsol va a fletar un avión para llevar la ayuda humanitaria que este año no han podido hacer llegar por tierra a los hospitales mauritanos.

Conseguimos sumarnos a este improvisado rally solidario en compañía de tres de los míticos pilotos españoles que han hecho historia en la carrera: Nani Roma, Marc Coma y Jordi Arcarons. Sin embargo, el objetivo periodístico acabaría tomando un imprevisto cariz solidario…

En Nouakchott acompañamos a los pilotos en su peregrinar por dos hospitales de la ciudad para entregar las medicinas y el material clínico que esperan desde hace un año. Uno de ellos, el materno-infantil, fue construido por la cooperación española hace dos años. Es un edificio pequeño, moderno y coqueto. Su director es el pediatra canario José Uroz, considerado por la Asociación Médica norteamericana como uno de los 50 mejores del mundo.

El hombre recibe a la expedición cargado de argumentos para demostrar el error que, cree, ha supuesto la anulación del rally. «Llevo trabajando 18 años en Mauritania y jamás me ha pasado nada. Me da más miedo conducir en España que aquí. La carrera ha sido suspendida por motivos políticos, que nadie lo dude. Gracias a ella me llegaban las medicinas para todo el año. ¿Quién me las va a traer ahora?», se queja.

A su espalda, Nani Roma coge a un bebé en brazos. Se lo devuelve a su familia con unos billetes entre sus ropas. A la madre se le iluminan los ojos. No dice nada pero está a punto de llorar. La criatura tiene 43 días y ha sido operada de un tipo de labio leporino. Es uno de los 100 que cada año interviene Uroz. La mayoría moriría. «Y por más que les duela a algunos, nada de esto sería posible sin el Rally», insiste el doctor.

Nani casi llora cuando le dicen que el bebé, de nombre Oumoulkhai, se llamará a partir de ahora Oumoulkhai Nani. «Es la única forma que tengo de poder devolver a Africa algo de lo mucho que me ha dado», asegura conmovido.

El resto de la ayuda, la destinada a los hospitales del interior del país, es depositada en la embajada española. Se supone que los responsables -la mayoría de ONG españolas- vendrían a recogerla directamente. Sin embargo, al caer la tarde un palé lleno de cajas todavía sigue sin ser cargado en ninguna furgoneta. Son las destinadas al hospital de la Fraternidad, levantado por la Fundación Chinguetti, de Murcia, en esta población 100 km. al norte de Attar. La médico española que lo atiende está sola al frente de la instalación y no pudo organizar la recogida. ¿Quién la llevará?

Los ojos de los miembros de la Fundación Repsol se dirigen a nosotros. Entendemos el mensaje. Tenemos una flamante pick up esperando para partir. Y vacía de equipaje. Nani, que lleva toda la tarde pilotando la máquina elevadora para cargar los palés de medicinas en las furgonetas, sube las destinadas a Chinguetti a nuestro vehículo. No hay más que hablar. Sólo nos preocupa un poco el asunto de la seguridad. El embajador, Alejandro Polanco, nos dice que va a informar al Ministerio del Interior mauritano sobre nuestro viaje para que no nos pongan problemas en los controles del camino. Y que el propio personal del CNI desplazado al país también hará su trabajo para nuestra protección.

El anuncio, más que tranquilizarnos, nos alerta un poco. Hasta la suspensión del rally, esta zona nunca había ofrecido problemas de seguridad. El asesinato, mucho más al sur, de una familia francesa la víspera de navidad, y el asalto a un cuartel, al norte, unos días antes, desencadenaron la alarma general.

Attar y Chinguetti están justo en la frontera imaginaria con la que los servicios de seguridad franceses han dividido al país: más arriba es zona roja, es decir, se desaconseja por completo viajar por allí. Ellos la pintan como un área dominada por traficantes de drogas, tabaco, coches, inmigrantes… También aseguran que entre las infranqueables dunas se encuentran los campamentos de entrenamiento de Al Qaeda. Un infierno, vamos, si se les hace caso. Por fortuna, nuestro destino está clasificado sólo en amarillo. Simplemente peligroso.

Partimos por la mañana. Nos acompaña un buen amigo saharaui-mauritano, Hammoud, que nos servirá de intérprete, y el conductor, un joven llamado Atta. El desierto es frío a primera hora. Sopla un viento fuerte y por momentos las dunas parecen tragarse la carretera.

La primera parada la hacemos en el pueblo de El Asma, a 120 kilómetros de la capital. Aparece de repente, entre una tormenta de arena, rodeado de matorrales escuálidos y arbustos fantasmales. Muchas de sus casas, de paredes blancas y tejados azules, están cerradas. «La gente se fue a la ciudad a despachar lo que pensaba vender a las asistencias del rally», nos explica Hammoud.

TORMENTA DE ARENA

El siguiente pueblo en esta inmensidad desértica se llama Akjoujt. Es famoso por sus minas de cobre. Sorprende encontrar allí un centro comercial que parece sacado de la Guerra de las Galaxias por su forma trapezoidal. Y además se llama «Río del oro», en español. Hay dos gasolineras. Los dueños nos preguntan si es verdad que el rally no va a pasar por allí. «¿Y a quién le vamos a vender todos estos bidones de gasolina?», se queja Mustapha señalando una montaña de barriles apiñados junto a la cuneta. No hay más sitio habitado hasta Attar.

Un poco más adelante sufrimos el único percance del viaje: parte de la carga amenaza con caerse a causa de la fuerte tormenta de arena. Tenemos que detenernos, bajar todas las cajas y colocarlas de nuevo mejorando su sujeción.

Llegamos a Attar a media tarde. Ni rastro de los integristas. Por el camino hemos atravesado varios controles de aburridos policías. Algunos ni siquiera saben leer y Hammoud les escribe en un papel nuestros nombres y los números de nuestros pasaportes. Sólo en el último parecen avisados de nuestra llegada.

Esta ciudad, de 25.000 habitantes, iba acoger dos etapas. Los panaderos se habían acopiado de harina, los hoteleros pintado sus habitaciones y comprado parabólicas para sintonizar los canales internacionales, los mecánicos se frotaban las manos y los artesanos confiaban en vender más collares que nunca. Nada de nada.

Es tarde para detenernos. Apenas lo justo para lavarnos la cara de la arena, repostar y comprar agua. Nos espera todavía el ascenso al empinado cañón que nos conducirá por una pista de tierra a Chinguetti, la localidad más antigua de Mauritania. Fue fundada en el año 766 por las antiguas tribus nómadas.

Dicen que desde aquí partieron parte de los pueblos que fueron instalándose en la Península tras la invasión musulmana. Cinco siglos después fue tragada por una tormenta de arena. Hoy, los restos de la primera ciudad están enterrados a 12 metros de profundidad, según explica Melainine El Wely, dueño de una de las 14 bibliotecas de la ciudad. «El Islam ordena proteger a todo el que entra en la casa de un musulmán. Por lo tanto, cualquier extranjero que entre en un país del Profeta tiene que ser acogido y cuidado. ¿Cómo van a matarlos?», asegura mientras nos muestra sus coranes manuscritos, algunos con más de 1.000 años.

En 1202 Chinguetti fue reconstruida y se convirtió en la séptima ciudad santa del Islam. Desde aquí se organizaban cuatro caravanas al año a otros tantos extremos del desierto. Y una enorme, con más de 3.000 camellos, a La Meca. En el siglo XVIII llegó a los 20.000 habitantes. En 1980, una severa sequía los redujo a 300. Hoy la población sobrepasa las 2.500 personas.

En Chinguetti nos hospedamos en el albergue del Moro azul, ambientado como los antiguos refugios de las caravanas. Junto con otro periodista catalán, somos los únicos huéspedes. Más tarde nos enteramos de que somos los únicos extranjeros que han llegado en estas semanas al pueblo. Y eso que estamos en temporada alta.

En estos meses, antes de que el calor del verano convierta el lugar en un infierno, aterriza todas las semanas en Attar un avión procedente de Francia con 300 turistas. Los últimos llegaron vacíos. Los tour operator galos han cancelado todas las reservas. La docena de albergues están desocupados, las tiendas de artesanía medio cerradas y los restaurantes a dos velas. Chinguetti era el viernes un pueblo fantasma.

«El daño que han hecho al turismo es inenarrable. En los últimos años este lugar se había repoblado gracias a los europeos. Lo normal es que ahora estuviésemos al 70% de nuestra capacidad», se queja la dueña del albergue, la francesa Sylvie Lansier, quien asegura que ha perdido 9.000 euros, que sus chóferes se pasan el día tumbados y que el alcalde ha pedido al Gobierno que declare la ciudad «zona catastrófica».

Lo mismo cuenta Ahmed, un artesano de la plaza. «No nos queda para comer. Trabajamos todo el año haciendo material para venderlo en estos días. Coja algo amigo. ¡Aproveche! ¡Estamos de saldo!», nos dice desesperado mientras nos impide casi salir de su tienda. En otras circunstancias, habría seguido el rally por todo el país cargado con sus collares tuaregs. Con suerte hubiese ganado unos 3.000 euros, suficiente para vivir él y su familia todo el año.

VENDER LOS CAMELLOS

Issa, 54 años, siete hijos y tres camellos, todavía recuerda cuando en 1995 vio por primera vez un turista en el pueblo. Hasta entonces vivía como nómada. El blanco le pidió darle una vuelta por la zona y con lo que le pagó se compró otro camello. Decidió quedarse. Hoy tiene varios pastando por los oasis cercanos y ya había hecho sus cuentas de la lechera con lo que recaudase este año: sillas nuevas, cemento para reforzar su casa de adobe y, a lo mejor, hasta peregrinar a La Meca. Ahora lo único que le pide a Alá es no tener que vender sus camellos.

En medio de todas estas historias, llegamos por fin al hospital con nuestra carga humanitaria. Patricia López, la médico gallega que lo atiende desde septiembre, nos recibe con normalidad. «Creo que es todo una exageración. Esta gente es maravillosa y nunca nadie fue amenazado. Lo importante es que, si no vienen los turistas, lo van a pasar muy mal. Yo, desde luego, no tengo razones para sentir miedo», comenta mientras nos ayuda a descargar.

El hospital fue levantado hace dos años por iniciativa del promotor murciano Alfonso Torres. Amante también de los raids por el desierto, enamorado de Chinguetti, atendió la petición del alcalde para paliar la necesidad histórica de la zona.

Poco a poco, Patricia va repasando la lista de la mercancía que le traemos: vitaminas, hierro, ácido fólico para las embarazadas, collarines, un tensiómetro, pañales, leche…

Con nuestra improvisada misión cumplida, es hora de volver sobre nuestros pasos para mandar esta crónica. Ya no tenemos reparos -miedo, en realidad, nunca tuvimos-, ni la más mínima sensación de peligro. Sólo una congoja de pensar cómo se va arreglar todo esto. Con rally o sin él ni Africa ni Mauritania se lo merecen. ¡Animo! Es un buen momento para venir de vacaciones. Las gentes del desierto se lo agradecerán.